Los analistas siempre han tendido a medir una sociedad en función de unos datos estadísticos clásicos económicos y sociales: la relación entre déficit y PIB, el índice de desempleo o la tasa de analfabetismo entre las mujeres mayores de edad, por ejemplo. Este tipo de estadísticas es importante y desvela muchas cosas. Pero hay otra estadística, mucho más difícil de medir que considero que es aún más importante y reveladora: ¿qué tiene más tu sociedad: recuerdos o sueños?
Cuando digo sueños, me refiero a los sueños positivos y a favor de la vida. Michael Hammer, el asesor de empresas en temas de organización, me dijo en su día: «Sé que una empresa tiene problemas si me hablan de lo bien que les iban las cosas antes. Lo mismo pasa con los países. Nadie quiere olvidar su identidad. Me parece estupendo que fueses magnífico en el siglo XIV, pero eso es el pasado y hoy es hoy. Cuando los recuerdos exceden los sueños, es que el fin está cerca. El distintivo de organización verdaderamente exitosa es la voluntad de abandonar aquello que le hizo tener éxito y empezar de nuevo».
En las sociedades que tienen más recuerdos que sueños, demasiada gente pasa demasiado tiempo echando la vista atrás. Ven dignidad, afirmación de la propia identidad y valor propio, no explotando el presente, sino alimentándose del pasado. Pero ni siquiera es un pasado real, sino un pasado imaginado y adornado. De hecho, este tipo de sociedad dedica su imaginación a embellecer ese pasado imaginado y luego se aferra a él como a un rosario o a una sarta de cuentas de esas que se usan para aplacar los nervios, en vez de imaginar un futuro mejor y actuar en consecuencia.
Thomas Friedman, de “La Tierra es Plana” (2006)


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